viernes, 21 de agosto de 2009

Qué hay de friki para leer.

Yo, robot (Isaac Asimov)
Las tres leyes de la robótica
  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por su inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un Robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda ley.
Manual de robótica
Edición número 56, año 2058

Algunos pueden decir que existe una ley cero, pero no vamos a entrar en complicaciones. Después de una discusión para tratar de determinar cual era mejor Isaac Asimov o Julio Verme (De seguro no sabía que tomando la dirección correcta le sobraba un día para dar la vuelta al mundo), no se llegó a nada, algunos insultos nada raro.



Albert Camus (El Extranjero)

Poco después el patrón me hizo llamar, y en el primer momento me sentí molesto porque pensé
que iba a decirme que telefoneara menos y trabajara más. Pero no era nada de eso. Me declaró
que iba a hablarme de un proyecto todavía muy vago. Quería solamente tener mi opinión sobre el
asunto. Tenía la intención de instalar una oficina en París que trataría directamente en esa plaza
sus asuntos con las grandes compañías, y quería saber si estaría dispuesto a ir. Ello me permitiría
vivir en París y también viajar una parte del año. «Usted es joven y me parece que es una vida que
debe de gustarle.» Dije que sí, pero que en el fondo me era indiferente. Me preguntó entonces si
no me interesaba un cambio de vida. Respondí que nunca se cambia de vida, que en todo caso
todas valían igual y que la mía aquí no me disgustaba en absoluto. Se mostró descontento, me dijo
que siempre respondía con evasivas, que no tenía ambición y que eso era desastroso en los
negocios.
Volví a mi trabajo. Hubiera preferido no desagradarle, pero no veía razón para cambiar de vida.
Pensándolo bien, no me sentía desgraciado. Cuando era estudiante había tenido muchas
ambiciones de ese género. Pero cuando debí abandonar los estudios comprendí muy rápidamente
que no tenían importancia real.
María vino a buscarme por la tarde y me preguntó si quería casarme con ella. Dije que me era
indiferente y que podríamos hacerlo si lo quería. Entonces quiso saber si la amaba. Contesté como
ya lo había hecho otra vez: que no significaba nada, pero que sin duda no la amaba. «¿Por qué,
entonces, casarte conmigo?», dijo. Le expliqué que no tenía ninguna importancia y que si lo
deseaba podíamos casarnos. Por otra parte era ella quien lo pedía y yo me contentaba con decir
que sí. Observó entonces que el matrimonio era una cosa grave. Respondí: «No.» Calló un
momento y me miró en silencio. Luego volvió a hablar. Quería saber simplemente si habría
aceptado la misma proposición hecha por otra mujer a la que estuviera ligado de la misma manera.
Dije: «Naturalmente.» Se preguntó entonces a sí misma si me quería, y yo, yo no podía saber nada
sobre este punto. Tras otro momento de silencio murmuró que yo era extraño, que sin duda me
amaba por eso mismo, pero que quizá un día le repugnaría por las mismas razones. Como callara
sin tener nada que agregar, me tomó sonriente del brazo y declaró que quería casarse conmigo.
Respondí que lo haríamos cuando quisiera. Le hablé entonces de la proposición del patrón, y
María me dijo que le gustaría conocer París. Le dije que había vivido allí en otro tiempo y me
preguntó cómo era. Le dije: «Es sucio. Hay palomas y patios oscuros. La gente tiene la piel
blanca.»



Soy el idoneo, el idolo retrasado;
y asi, sobre un pie casi, reivindico mis derechos,
los de mi bestia, que me debe todo,
incluso el corazon, los de mi nariz
demasiado corta para ser pierna...
Este mundo es agil!
Tambien cojeo, a falta de otras cosas,
aunque podria hacerlo mucho mejor...
Jean-Pierre Duprey






No hay comentarios:

Publicar un comentario

No vale "bardear" maraca